Hacer la tarea, el trabajo más difícil en pandemia

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Deisy Guarano y sus cinco hijos son unos de los rostros de las familias que no tienen acceso tecnológico para las clases virtuales; pero esto es solo una parte del drama que atraviesan por falta de asistencia social.

La pandemia ha hecho más evidentes las brechas educativas. Y es que una vez más la virtualidad es la alternativa para que los estudiantes continúen sus clases; pero no es un secreto que, si bien una de las prioridades del Distrito es evitar la deserción, el acceso bajo esta modalidad ha sido considerado un privilegio y hasta un lujo que no todos se pueden dar. Esto teniendo en cuenta que, según la última encuesta multipropósito, 124.000 hogares no tienen una herramienta tecnológica.

Es el caso de la familia Guarano, conformada por dos niñas (una de 12 años y otra de 16), tres niños (de cuatro, siete y 14 años) y su madre, de 34. Viven en el barrio Salitre, en Suba, y la única herramienta en su hogar es el celular de Deisy, la madre cabeza de hogar. Por esto, es imposible que todos accedan a clases a diario, dictadas desde el colegio distrital Salitre. Para completar, Deisy trabaja como empleada doméstica todos los días y sus hijos deben esperarla para hacerlo. A pesar de que el 25 de enero el Distrito arrancó la entrega de más de 100.000 tabletas y equipos donados, dando prioridad a estudiantes de menos recursos, la mujer dice que nadie ha tocado su puerta.

Y es que la emergencia ha sido una pesadilla para los menores y su madre, víctima del conflicto, proveniente de Casanare, que llegó a Bogotá para darles una mejor vida a sus hijos y escapar de la guerrilla. “Si mi vida era precaria, la pandemia la empeoró”, fue su descripción. Las razones son obvias: su trabajo se frenó con el aislamiento; se contagió de COVID-19 en septiembre, dejando graves secuelas en su salud, y lo que más le preocupa son sus hijos, pues no han podido educarse bien.

De hecho, su hija Sofía, de 12 años, perdió sexto grado el año pasado por no poder tomar clases virtuales y asegura, que como ve las cosas, este año va para las mismas. “Les he recalcado a mis hijos que lo único que les puede cambiar la vida es el estudio y me duele que no pueda garantizárselo, verlos encerrados, sin poder ir al colegio y no recibo ayuda del Estado”, expresó Deisy. Aunque el año pasado le donaron un computador, se le dañó y no lo ha podido arreglar.

Más allá de la educación

La prioridad de Deisy es que la escuchen. Dice que siempre se ha sentido abandonada por el Distrito y el Gobierno, al no recibir asistencia social en ninguna de sus etapas. A sus 12 años, las Farc la reclutaron y por dos años vivió una historia de terror, tortura y violaciones sexuales, que la marcaron para siempre. “Apenas llegué, ni siquiera me había desarrollado y me implantaron un anticonceptivo para abusar de mí. La guerrilla también mató a mis tres hermanos y no voy a olvidar. Sufro depresión, a veces me encierro en mis pensamientos y no quiero salir de ahí. Si no fuera por mis hijos, no estaría aquí”, cuenta.

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